Ni siquiera los feligreses más veteranos recordaban cuándo
era la última vez que habían visto al padre Juan sin gafas. Algunos
consideraban que igual se había sometido a una de esas operaciones para zanjar
la miopía; otros, que tal vez se trataba de un merecido milagro, una concesión
de Dios al párroco más amable y entregado que jamás había pisado la comarca. Muchos
entornaban los ojos tratando de superponer sobre la cara del cura, unas
lentes imaginarias que acercaran el rostro que ahora contemplaban al que la
costumbre había almacenado en sus recuerdos, pero resultaba un ejercicio vano; una
nariz afilada emergía con actitud insolente desde un puente nasal ceñido por
dos filas de ojeras, y sobre ellas, unos angostos ojos como rendijas, en los
que apenas se apreciaba su inconfundible azul intenso, cebador de la devoción
de los asistentes.
El padre Juan
desde el altar se esforzaba en no echar mano de las gafas que guardaba en el
bolsillo de la camisa, bajo el hábito. Frente a él, una masa informe y borrosa
en distintos tonos de ocre y gris se alzaba cuando él lo solicitaba y se volvía
a sentar durante la Liturgia de la Palabra, extrañamente plana y sin la
habitual gracia de sus lecturas. Al padre Juan apenas le costaba recitarlas de
memoria. Mientras aparentaba que repasaba esas hojas de palabras desenfocadas,
alzaba sin ganas sus cortos brazos, coronados por unas manos sudorosas y, con descarada
abulia, pasaba las páginas sirviéndose de sus dedos estrechos, de desproporcionada
longitud. Era incapaz de librarse de la sensación de abatimiento, que se le había
colado bajo la sotana desde primera hora de la mañana, cuando comprobó que, por
tercera vez, le habían denegado el cambio de parroquia.
“Este es el
cordero de Dios que quita el pecado del Mundo, dichosos los invitados a la cena
del Señor”, se llevó la oblea de pan ácimo a los labios, se le hizo áspera al
paladar y a la lengua, costándole tragar se ayudó del vino que le pareció más
agrio y peleón de lo habitual. Con mal sabor de boca bajó del altar y se
presentó frente a la borrosa fila que aguardaba para recibir la comunión y que
iba ganando definición según se acercaba a ella, le pareció algo más larga de
lo habitual, ignorando la reinante curiosidad entre los fieles por observar cómo
se veía de cerca el extraño rostro de un conocido. El padre Juan intentó mirar,
no más de lo imprescindible, la cara de los comulgantes: “El cuerpo y la sangre
de Cristo”. “Amén”. “El cuerpo y la sangre de Cristo”. “Amén”. Llegó el último, por su enorme tamaño
concluyó que debía tratarse del alcalde y cartero del pueblo, depositó la oblea
en su boca como si de una carta se tratara y dio media vuelta con cierto
consuelo, antes de dar el primer paso, escuchó la voz de un crío: “Padre, falto
yo”. Las manos le empezaron a sudar de tal forma que creyó que se le iba a
resbalar el cáliz, tomó aire y se giró lentamente. No quiso mirar, pero sabía que
era la voz de quien le había propuesto la semana anterior poderle asistir como
monaguillo. No quiso mirar, pero unos brazos cortos coronados por unas manos
con dedos estrechos, de desproporcionada longitud, le demandaban la eucaristía.
No quiso mirar, pero su mirada se reveló y enfocó con milagrosa nitidez la
nariz afilada del niño, flanqueada por dos ojos angostos como rendijas, en los
que asomaba un inconfundible azul intenso. Dejó caer la oblea en sus manos, sintió las gafas en el bolsillo del pecho, sacudidas por los latidos de su corazón, se negó a echar mano de ellas y entornó
los ojos, escudriñando en la nebulosa que musitaba un enjambre de plegarias. ¿Estaría ella ahí? ¿por qué diablos habían tenido que volver?. No fue capaz distinguirla,
pero sintió la punción de una mirada clavándose en su culpa mientras todos los
presentes aliviaban sus pecados y el peso de su cuerpo se hundía en el altar.
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