Cada mañana es un regalo de la incertidumbre e intuyo que una costumbre adquirida, al menos así lo siento mientras ejecuto cada paso, pero esta reserva de memoria gastada no me permite asegurarlo, tan sólo, sospecharlo. Paso unos minutos recorriendo con la mirada los objetos que alumbran los dedos de luz que se cuelan por la persiana y, poco a poco, voy sintiendo como tu ausencia permea los surcos de mi piel hasta el germen de mi cansancio. Tengo que descubrir que ya no estás a mi lado, que ahora el matrimonio soy yo, solo, cargando con nuestro juramento un poco más allá de lo acordado, ni quiero ni puedo pensar que cabe otra manera. No sé si me causa más aflicción este descubrimiento o saber que paso por este ritual cada mañana. Con estos pesares, abandono el residuo de mi calor en nuestra cama y subo las persianas todo lo rápido que las fuerzas me permiten, es decir, despacio. Los ocres de los abedules del parque me chivan que estamos en otoño, la luz, mansa y acogedora, difumina mi abatimiento y me acoge en el paisaje. Observo mis manos, cada arruga parece hecha a cuchillo, froto inútilmente las manchas de una con la otra, salpicaduras indelebles del atardecer de los días. Me dirijo muy despacio hacia el cuarto de baño, es una calma voluntaria la de mis pasos, voy a la gresca con la idea de descubrirme en el espejo. ¿De verdad tengo que pasar cada día por esto? Ayer no me suena de nada, qué extraño resulta todo, estoy más cerca de adivinar el futuro, que de recordar el pasado. Sé que mañana será este día, pero soy incapaz de saber cuánto tiempo se lleva repitiendo, cuando comenzó este ciclo finito, esta reiteración de descubrimientos fatales. Me asomo al baño, sobre el lavabo el espejo es un corazón de añicos del que brotan decenas de venas que se unen en gruesos nudos de los que falta algún pedazo. Entremedias uno de mis ojos se multiplica y me observa, cientos de pupilas glaucas cercadas por cientos de párpados marchitos, que son el mismo mirar, me examinan con curiosidad y desprecio. Abro el armarito, en la primera balda hay decenas de tubos dentífricos sin abrir y uno a medias. Abro la boca despacio, muy despacio, aguanto con ella abierta unos segundos temiendo por el resultado del experimento, cierro los ojos y la boca al tiempo, mis molares chocan y un golpe seco reverbera por los azulejos y la bañera, sonrío placentero. Me lavo la cara y los dientes, me paso la mano en forma de peine por la cabeza, coloco los escasos mechones que descubro en ella. Me dirijo, ahora sí, con cierta premura a la cocina, mis pantuflas se arrastran sobre el parqué como dos heterópteros de agua, saltan el remate del quicio y descansan sobre las baldosas blancas.
Sobre la cafetera express, unas instrucciones de mi puño y letra. Las sigo al dedillo, colmo la cazoleta, lleno el depósito, enciendo, apago. Agarro un tubo de galletas y lo llevo a la mesa. Reparo entonces en un nuevo mensaje sobre la madera, escrito directamente con rotulador: “Periódico en la puerta”. Abordo de nuevo el pasillo, abro la puerta de casa, un hilillo de frío se cuela entre los botones del pijama erizándome el bello y la piel. Echo la vista hacia abajo, sobre el felpudo descansa el diario. Me agacho con cierta facilidad, pero me alzo torpemente, mi cuerpo se resiste a abandonar la flexión que tira de mi hacia el suelo. A punto estoy de caerme pero saco alguna fuerza de algún sitio y consigo incorporarme. De vuelta a la cocina, observo la fecha, hoy es domingo ¿cuánto hará que te marchaste?. Me siento frente al desayuno y comienzo a hojear el periódico. No reconozco a ninguno de los políticos que menciona, a ningún actor, a nadie que debiera conocer conozco. O tal vez sí, tal vez sí haya alguien. Paso las páginas con cierta impaciencia, se pegan unas a otras, se arrugan por el torpe movimiento de mis dedos torpes, me acerco la mano temblona a la boca, unto mis yemas de saliva y vuelvo a intentarlo. Encuentro, por fin, la sección de necrológicas, reviso las esquelas buscando mi nombre. ¿Será esto otra repetición? ¿haré esto a diario?. Me acerco las hojas al rostro y voy subrayando con los ojos un apellido tras otro. Maldita sea, ¿cómo cojones me llamo?
Sobre la cafetera express, unas instrucciones de mi puño y letra. Las sigo al dedillo, colmo la cazoleta, lleno el depósito, enciendo, apago. Agarro un tubo de galletas y lo llevo a la mesa. Reparo entonces en un nuevo mensaje sobre la madera, escrito directamente con rotulador: “Periódico en la puerta”. Abordo de nuevo el pasillo, abro la puerta de casa, un hilillo de frío se cuela entre los botones del pijama erizándome el bello y la piel. Echo la vista hacia abajo, sobre el felpudo descansa el diario. Me agacho con cierta facilidad, pero me alzo torpemente, mi cuerpo se resiste a abandonar la flexión que tira de mi hacia el suelo. A punto estoy de caerme pero saco alguna fuerza de algún sitio y consigo incorporarme. De vuelta a la cocina, observo la fecha, hoy es domingo ¿cuánto hará que te marchaste?. Me siento frente al desayuno y comienzo a hojear el periódico. No reconozco a ninguno de los políticos que menciona, a ningún actor, a nadie que debiera conocer conozco. O tal vez sí, tal vez sí haya alguien. Paso las páginas con cierta impaciencia, se pegan unas a otras, se arrugan por el torpe movimiento de mis dedos torpes, me acerco la mano temblona a la boca, unto mis yemas de saliva y vuelvo a intentarlo. Encuentro, por fin, la sección de necrológicas, reviso las esquelas buscando mi nombre. ¿Será esto otra repetición? ¿haré esto a diario?. Me acerco las hojas al rostro y voy subrayando con los ojos un apellido tras otro. Maldita sea, ¿cómo cojones me llamo?
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