No estaba preparado para su llegada. Me encontró en
un punto muerto de mi novela, rebuscando la inspiración en un revuelto de
libros, noticias, paisajes y realidades rutinarias. A la espera de la musa llegó
ella, que para entonces era lo que más se alejaba de ésta, un lastre para el
revoloteo de mis ficciones. Su prolongada forma de tocar el timbre ya la
delataba, su cercanía me atraía un desagradable regusto a acíbar del estómago a
la boca, el simple aviso de su presencia, turbaba mi digestión y se me repetía
el desayuno. Descorrí el cerrojo con cierta premura y abrí la puerta sin disimular mi apatía. No esperó a ser
invitada y su delgada figura enfiló el pasillo con el aplomo habitual de sus
andares, hasta desaparecer por la puerta del salón, concluí que quería marcar el
terreno, recordarme que esa casa también era en parte suya, caí en la cuenta de
que, igual, había intentado usar su llave, tal vez añadiera a sus reproches el
cambio de la cerradura. Fui tras sus pasos, aún no habíamos cruzado ni media
palabra, la tranquilidad y quietud de la casa se habían tornado en cuestión de
segundos en un silencio denso y hostil, que creaba cierta resistencia a mis
movimientos. La encontré sentada en el tresillo, encarando la estancia con insolente
altivez. Sobre la mesita permanecían los papeles del divorcio, tal y como ella
los había dejado un par de semanas atrás. Los señaló con la anular oscuridad
abisal de sus ojos. “Ya veo que ni siquiera los has tocado”. Lo dijo con un velo
de insuficiencia en la voz y afloró en mi cierta aflicción, la observé con el
detenimiento necesario para reparar bien en sus formas, estaba aún más delgada
que la última vez, apenas se apreciaba en el talle, pero en el rostro los
pómulos se mostraban descaradamente angulosos, su cuello aparentaba ser un
delicado brote que aseguraba al fino tronco de su cuerpo, el fruto de su
cabeza. Nuestras miradas se encontraron, la suya era una demanda de respuesta,
la mía jugaba a asomarse a esos dos brocales sin fondo, a tirar en ellos la
moneda y esperar estoico a escuchar el lejano sonido del agua. Intentó mantener
el tipo, aunque yo era capaz de intuir su esfuerzo por asegurar la consistencia
de su gesto. Dilaté lo posible el tiempo de mi respuesta. Sabía que ella se
encontraba en una situación incómoda, procuré ponerme en su piel y entendí que
lo que reclamaba era totalmente lícito y normal, me hice cargo de su necesidad
por zanjar formalmente nuestra relación, por poder seguir caminando sin la
atadura del desamor ciñendo su ánimo, pero yo necesitaba equilibrio para llevar
a buen término mi libro, temía por los pilares de mis nuevas rutinas, que tan
fructíferas me estaban resultando. Ella empezó a aflojar su pose, a perder
fuerza, en un movimiento irreflexivo se llevó la mano a la boca y recurrió a su
vieja costumbre de morderse las uñas, hasta ese momento no reparé en que había
entrado por la puerta con ellas indemnes. Empezaba a venirse abajo y yo no me
sentía capaz de darle consuelo. Extendí la mano, ella estudió con cautela mi
movimiento, agarré los papeles y los leí detenidamente mientras sopesaba su
significado. Comparecencias, tribunales, repartos, pertenencias, reproches,
disputas, llantos, enfados. Pensé de nuevo en mi novela, pensé de nuevo en
ella. Inspiré y apuntalando la mirada al suelo lancé una pregunta al aire: “¿Y
si volvemos a intentarlo?”.
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