martes, 3 de octubre de 2017

EL DESCARRILO

                                                            EL DESCARRILO

El viento ululaba y se presentía una mala noche, las ramas de los árboles se movían tras los cristales. Teníamos un dormitorio con cuatro camas de metal de color azul. Mi madre nos fue tapando y echando algún cobertor extra, a mi que era la mayor me puso encima, un cuero que tenía mi padre, lo recordaba con  él puesto; y con unos guantes de lana, tan guapo como si fuese un actor de cine. Nos dio un beso a cada una, apagó la luz y se fue. No habría ido por la mitad del pasillo, cuando empezaba la revolución. Muertas de miedo nos metíamos en la cama de la otra de dos en dos y algunas veces nos juntábamos hasta tres.
Lo peor es que aunque mi pobre madre se levantaba al poco rato para poner a las niñas en la escupidera, había veces que ya llegaba tarde y nos meábamos las unas a las otras. Abajo de la sábanas nos ponían un hule molestísimo y en los veranos en el chalet de mi abuela teníamos para no mojar el colchón una piel de borrego entera, que a mí me asustaba. En aquella época no existían  los pañales rechazables.

Ocurrió más de una vez. De madrugada llamaban a la puerta, era un llamador de bonito metal, que normalmente se tenía muy brillante y era con la forma de una mano. Nos asustábamos y salíamos al pasillo:
          -¿Mamá que es?
Y mi madre con la voz entrecortada nos decía:
         -¡Hija mía es el avisador, que viene a llamar a tu padre, pues ha habido en la sierra un descarrilo.
Yo que era la mayor se me encogía el corazón. ¡En esa noche de perros! el avisador una especie de ordenanza, su  misión era ir a por mi padre, con un farol, grande y muy bonito. No se hasta donde le acompañaría.
Por la mañana mi padre, ante un café con leche, para que entrara en calor, le contaba a mi madre.
El como Perito Industrial, sabía donde había que hacer la fuerza para meter una palanca y levantar las partes del tren que aprisionaban a algún viajero. Mi padre hablaba con el aprisionado -el no sabia que yo estaba en el dintel de la puerta- y le seguía contando a mi madre. Les daba ánimo, pero al llegar la descompresión en esos momentos fallecían.
Yo volvía a entrarme en la cama, al lado de la meada de turno, tiritando de frío y de miedo. 

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