martes, 3 de noviembre de 2015

Inspiración


No estaba preparado para su llegada. Me encontró en un punto muerto de mi novela, rebuscando la inspiración en un revuelto de libros, noticias, paisajes y realidades rutinarias. A la espera de la musa llegó ella, que para entonces era lo que más se alejaba de ésta, un lastre para el revoloteo de mis ficciones. Su prolongada forma de tocar el timbre ya la delataba, su cercanía me atraía un desagradable regusto a acíbar del estómago a la boca, el simple aviso de su presencia, turbaba mi digestión y se me repetía el desayuno. Descorrí el cerrojo con cierta premura y abrí la puerta  sin disimular mi apatía. No esperó a ser invitada y su delgada figura enfiló el pasillo con el aplomo habitual de sus andares, hasta desaparecer por la puerta del salón, concluí que quería marcar el terreno, recordarme que esa casa también era en parte suya, caí en la cuenta de que, igual, había intentado usar su llave, tal vez añadiera a sus reproches el cambio de la cerradura. Fui tras sus pasos, aún no habíamos cruzado ni media palabra, la tranquilidad y quietud de la casa se habían tornado en cuestión de segundos en un silencio denso y hostil, que creaba cierta resistencia a mis movimientos. La encontré sentada en el tresillo, encarando la estancia con insolente altivez. Sobre la mesita permanecían los papeles del divorcio, tal y como ella los había dejado un par de semanas atrás. Los señaló con la anular oscuridad abisal de sus ojos. “Ya veo que ni siquiera los has tocado”. Lo dijo con un velo de insuficiencia en la voz y afloró en mi cierta aflicción, la observé con el detenimiento necesario para reparar bien en sus formas, estaba aún más delgada que la última vez, apenas se apreciaba en el talle, pero en el rostro los pómulos se mostraban descaradamente angulosos, su cuello aparentaba ser un delicado brote que aseguraba al fino tronco de su cuerpo, el fruto de su cabeza. Nuestras miradas se encontraron, la suya era una demanda de respuesta, la mía jugaba a asomarse a esos dos brocales sin fondo, a tirar en ellos la moneda y esperar estoico a escuchar el lejano sonido del agua. Intentó mantener el tipo, aunque yo era capaz de intuir su esfuerzo por asegurar la consistencia de su gesto. Dilaté lo posible el tiempo de mi respuesta. Sabía que ella se encontraba en una situación incómoda, procuré ponerme en su piel y entendí que lo que reclamaba era totalmente lícito y normal, me hice cargo de su necesidad por zanjar formalmente nuestra relación, por poder seguir caminando sin la atadura del desamor ciñendo su ánimo, pero yo necesitaba equilibrio para llevar a buen término mi libro, temía por los pilares de mis nuevas rutinas, que tan fructíferas me estaban resultando. Ella empezó a aflojar su pose, a perder fuerza, en un movimiento irreflexivo se llevó la mano a la boca y recurrió a su vieja costumbre de morderse las uñas, hasta ese momento no reparé en que había entrado por la puerta con ellas indemnes. Empezaba a venirse abajo y yo no me sentía capaz de darle consuelo. Extendí la mano, ella estudió con cautela mi movimiento, agarré los papeles y los leí detenidamente mientras sopesaba su significado. Comparecencias, tribunales, repartos, pertenencias, reproches, disputas, llantos, enfados. Pensé de nuevo en mi novela, pensé de nuevo en ella. Inspiré y apuntalando la mirada al suelo lancé una pregunta al aire: “¿Y si volvemos a intentarlo?”.

miércoles, 28 de octubre de 2015

MeMoría

Cada mañana es un regalo de la incertidumbre e intuyo que una costumbre adquirida, al menos así lo siento mientras ejecuto cada paso, pero esta reserva de memoria gastada no me permite asegurarlo, tan sólo, sospecharlo. Paso unos minutos recorriendo con la mirada los objetos que alumbran los dedos de luz que se cuelan por la persiana y, poco a poco, voy sintiendo como tu ausencia permea los surcos de mi piel hasta el germen de mi cansancio. Tengo que descubrir que ya no estás a mi lado, que ahora el matrimonio soy yo, solo, cargando con nuestro juramento un poco más allá de lo acordado, ni quiero ni puedo pensar que cabe otra manera. No sé si me causa más aflicción este descubrimiento o saber que paso por este ritual cada mañana. Con estos pesares, abandono el residuo de mi calor en nuestra cama y subo las persianas todo lo rápido que las fuerzas me permiten, es decir, despacio. Los ocres de los abedules del parque me chivan que estamos en otoño, la luz, mansa y acogedora, difumina mi abatimiento y me acoge en el paisaje. Observo mis manos, cada arruga parece hecha a cuchillo, froto inútilmente las manchas de una con la otra, salpicaduras indelebles del atardecer de los días. Me dirijo muy despacio hacia el cuarto de baño, es una calma voluntaria la de mis pasos, voy a la gresca con la idea de descubrirme en el espejo. ¿De verdad tengo que pasar cada día por esto? Ayer no me suena de nada, qué extraño resulta todo, estoy más cerca de adivinar el futuro, que de recordar el pasado. Sé que mañana será este día, pero soy incapaz de saber cuánto tiempo se lleva repitiendo, cuando comenzó este ciclo finito, esta reiteración de descubrimientos fatales. Me asomo al baño, sobre el lavabo el espejo es un corazón de añicos del que brotan decenas de venas que se unen en gruesos nudos de los que falta algún pedazo. Entremedias uno de mis ojos se multiplica y me observa, cientos de pupilas glaucas cercadas por cientos de párpados marchitos, que son el mismo mirar, me examinan con curiosidad y desprecio. Abro el armarito, en la primera balda hay decenas de tubos dentífricos sin abrir y uno a medias. Abro la boca despacio, muy despacio, aguanto con ella abierta unos segundos temiendo por el resultado del experimento, cierro los ojos y la boca al tiempo, mis molares chocan y un golpe seco reverbera por los azulejos y la bañera, sonrío placentero. Me lavo la cara y los dientes, me paso la mano en forma de peine por la cabeza, coloco los escasos mechones que descubro en ella.  Me dirijo, ahora sí, con cierta premura a la cocina, mis pantuflas se arrastran sobre el parqué como dos heterópteros de agua, saltan el remate del quicio y descansan sobre las baldosas blancas.

Sobre la cafetera express, unas instrucciones de mi puño y letra. Las sigo al dedillo, colmo la cazoleta, lleno el depósito, enciendo, apago. Agarro un tubo de galletas y lo llevo a la mesa. Reparo entonces en un nuevo mensaje sobre la madera, escrito directamente con rotulador: “Periódico en la puerta”. Abordo de nuevo el pasillo, abro la puerta de casa, un hilillo de frío se cuela entre los botones del pijama erizándome el bello y la piel. Echo la vista hacia abajo, sobre el felpudo descansa el diario. Me agacho con cierta facilidad, pero me alzo torpemente, mi cuerpo se resiste a abandonar la flexión que tira de mi hacia el suelo. A punto estoy de caerme pero saco alguna fuerza de algún sitio y consigo incorporarme. De vuelta a la cocina, observo la fecha, hoy es domingo ¿cuánto hará que te marchaste?. Me siento frente al desayuno y comienzo a hojear el periódico. No reconozco a ninguno de los políticos que menciona, a ningún actor, a nadie que debiera conocer conozco. O tal vez sí, tal vez sí haya alguien. Paso las páginas con cierta impaciencia, se pegan unas a otras, se arrugan por el torpe movimiento de mis dedos torpes, me acerco la mano temblona a la boca, unto mis yemas de saliva y vuelvo a intentarlo. Encuentro, por fin, la sección de necrológicas, reviso las esquelas buscando mi nombre. ¿Será esto otra repetición? ¿haré esto a diario?. Me acerco las hojas al rostro y voy subrayando con los ojos un apellido tras otro. Maldita sea, ¿cómo cojones me llamo?

domingo, 25 de octubre de 2015

Desenfoque impío

Ni siquiera los feligreses más veteranos recordaban cuándo era la última vez que habían visto al padre Juan sin gafas. Algunos consideraban que igual se había sometido a una de esas operaciones para zanjar la miopía; otros, que tal vez se trataba de un merecido milagro, una concesión de Dios al párroco más amable y entregado que jamás había pisado la comarca. Muchos entornaban los ojos tratando de superponer sobre la cara del cura, unas lentes imaginarias que acercaran el rostro que ahora contemplaban al que la costumbre había almacenado en sus recuerdos, pero resultaba un ejercicio vano; una nariz afilada emergía con actitud insolente desde un puente nasal ceñido por dos filas de ojeras, y sobre ellas, unos angostos ojos como rendijas, en los que apenas se apreciaba su inconfundible azul intenso, cebador de la devoción de los asistentes.

El padre Juan desde el altar se esforzaba en no echar mano de las gafas que guardaba en el bolsillo de la camisa, bajo el hábito. Frente a él, una masa informe y borrosa en distintos tonos de ocre y gris se alzaba cuando él lo solicitaba y se volvía a sentar durante la Liturgia de la Palabra, extrañamente plana y sin la habitual gracia de sus lecturas. Al padre Juan apenas le costaba recitarlas de memoria. Mientras aparentaba que repasaba esas hojas de palabras desenfocadas, alzaba sin ganas sus cortos brazos, coronados por unas manos sudorosas y, con descarada abulia, pasaba las páginas sirviéndose de sus dedos estrechos, de desproporcionada longitud. Era incapaz de librarse de la sensación de abatimiento, que se le había colado bajo la sotana desde primera hora de la mañana, cuando comprobó que, por tercera vez, le habían denegado el cambio de parroquia.


“Este es el cordero de Dios que quita el pecado del Mundo, dichosos los invitados a la cena del Señor”, se llevó la oblea de pan ácimo a los labios, se le hizo áspera al paladar y a la lengua, costándole tragar se ayudó del vino que le pareció más agrio y peleón de lo habitual. Con mal sabor de boca bajó del altar y se presentó frente a la borrosa fila que aguardaba para recibir la comunión y que iba ganando definición según se acercaba a ella, le pareció algo más larga de lo habitual, ignorando la reinante curiosidad entre los fieles por observar cómo se veía de cerca el extraño rostro de un conocido. El padre Juan intentó mirar, no más de lo imprescindible, la cara de los comulgantes: “El cuerpo y la sangre de Cristo”. “Amén”. “El cuerpo y la sangre de Cristo”. “Amén”.  Llegó el último, por su enorme tamaño concluyó que debía tratarse del alcalde y cartero del pueblo, depositó la oblea en su boca como si de una carta se tratara y dio media vuelta con cierto consuelo, antes de dar el primer paso, escuchó la voz de un crío: “Padre, falto yo”. Las manos le empezaron a sudar de tal forma que creyó que se le iba a resbalar el cáliz, tomó aire y se giró lentamente. No quiso mirar, pero sabía que era la voz de quien le había propuesto la semana anterior poderle asistir como monaguillo. No quiso mirar, pero unos brazos cortos coronados por unas manos con dedos estrechos, de desproporcionada longitud, le demandaban la eucaristía. No quiso mirar, pero su mirada se reveló y enfocó con milagrosa nitidez la nariz afilada del niño, flanqueada por dos ojos angostos como rendijas, en los que asomaba un inconfundible azul intenso. Dejó caer la oblea en sus manos, sintió las gafas en el bolsillo del pecho, sacudidas por los latidos de su corazón, se negó a echar mano de ellas y entornó los ojos, escudriñando en la nebulosa que musitaba un enjambre de plegarias. ¿Estaría ella ahí? ¿por qué diablos habían tenido que volver?. No fue capaz distinguirla, pero sintió la punción de una mirada clavándose en su culpa mientras todos los presentes aliviaban sus pecados y el peso de su cuerpo se hundía en el altar.

Nace Cuenta Conmigo

Somos un grupo de escritores afincados en Torrelodones. Cuenta Conmigo nace como una herramienta para poder compartir nuestra pasión por el mundo del cuento y el relato, distintas voces se dejan leer en esta página, distintas formas de abordar la narrativa se dan cita aquí y ahora, porque las buenas historias, una vez acabadas, ya no pertenecen al escritor, si no al mundo, y deben cumplir su destino, que es el de ser leídas.